En fraternidad, para que todos tengan vida – fue el sentimiento y el deseo vivido por más de ciento ochenta mil personas francesas y de todo el mundo, el domingo 27 de septiembre, en Lourdes, Francia.
El encuentro con el Papa, cuyo momento culminante fue la celebración de la Eucaristía, marcó un tiempo muy significativo para Francia y también para todos aquellos que habitan y viven su fe en estas tierras.
Como joven Religiosa del Sagrado Corazón de María (RSCM), en misión en Béziers, a pocos kilómetros del santuario de Lourdes, donde el Papa celebró una de las misas durante los días que visitó Francia, me sentí privilegiada de poder participar personalmente en la Misa, de realizar todo el viaje en autobús con los feligreses y juntos, profesar nuestra fe, amistad, unidad y fraternidad en los momentos compartidos durante el viaje, el picnic y sobre todo, la Misa junto a otros peregrinos.
No vi al Santo Padre de cerca ni lo toqué; sin embargo, sentí en lo más profundo de mi corazón el milagro de escucharlo. Junto a él y a todos los fieles allí presentes, profesamos nuestra comunión con la Madre Iglesia. Un momento fuerte de unidad, independientemente de la cultura, la lengua o cualquier otra barrera.
El Papa León XIV inspiró a todos y a cada uno a reflexionar y actuar: “¿A qué estamos llamados hoy?” Su homilía, llena de vida, sencilla y muy realista, me interpelo profundamente como misionera. Sentí la alegría de ser Iglesia, con todos, en aquel espacio sagrado de Lourdes , al mismo tiempo, sentí el dolor de la partida al Cielo de uno de nuestros niños, Busiku Gift M., de la misión RSCM en Zambia.
Toda mi fe, como joven RSCM, fue tocada cuando, en medio de esta mezcla de alegría y dolor, el Papa dijo: “Este es el milagro de este lugar: suscitar la alegría de la esperanza incluso en medio de las pruebas y del dolor. La Virgen María sana nuestra mirada y transfigura nuestros corazones, dándole la paz. Sed testigos activos de esta fuerza y de esta ternura divinas, que nos permite continuar el camino y alcanzar la meta, en nuestros países, diócesis y familias”, y yo diría, en nuestra congregación.
La llegada del Papa significó una nueva esperanza. La fe que florece y la vida cristiana que continúa siendo vivida, incluso con el paso del tiempo, con crisis y algunas controversias. Y, definitivamente, estos días de la visita del Papa nos animaron y nos impulsaron, como Iglesia francesa, a continuar un camino de fraternidad. Estamos en el camino correcto; lentos o rápidos, sabemos que llegaremos y llegaremos juntos, para que todo el mundo tenga vida y nadie quede fuera.
Aelita Otavia, RSCM



