María nos inspira a vivir como mujeres de fe y esperanza en el mundo actual. Llevamos en nuestro corazón la realidad de nuestro mundo herido, los desafíos a los que se enfrenta la Iglesia y la vulnerabilidad de nuestro instituto. También nos enfrentamos a las nuevas formas de pobreza que surgen entre los «nuevos pobres», el aislamiento, el vacío espiritual, a la exclusión, a la ansiedad entre los jóvenes, a la pérdida de esperanza y a la devastación ecológica. María nos señala continuamente a su Hijo, enseñándonos que, al escucharlo profundamente, nuestros ojos y nuestros corazones se abren a las realidades concretas de quienes sufren. Sus palabras para nosotras siguen siendo pertinentes: «Hagan lo que Él les diga».
En la Visión del Capítulo General 2025 afirmamos: «…Como un solo cuerpo para la Misión, miramos al futuro con esperanza… Caminamos juntas, fortaleciendo los lazos de pertenencia y participación, cooperando con Dios para la transformación del mundo… como María, mujer de fe, nos arriesgamos a lo nuevo con audacia, abrazando nuestra vulnerabilidad y alentando nuestros sueños…».
Oremos por la gracia de caminar con humildad y cada vez más cerca de Dios, en el espíritu del Evangelio y de nuestro carisma, para que seamos artífices de comunión y de atención entre los marginados, y al servicio de nuestra casa común.
«A través de nuestro trabajo, de nuestros esfuerzos por cambiar las estructuras sociales injustas o de nuestro sencillo y sincero gesto de cercanía y apoyo, los pobres llegarán a comprender que las palabras de Jesús se dirigen personalmente a cada uno de ellos: “Los he amado” (Papa León XIV, Dilexi Te, 121).
Nos regocijamos en Dios, que nos ha llamado a cada una de nosotras a llevar a Cristo a los demás. En su nueva encíclica, el papa León XIV nos anima a tener fe, como la de María, y a convertirnos en tejedoras de esperanza: «Confío nuestros deseos a la Madre de Cristo, a la Mujer del Magnificat, para que guíe nuestros pasos en este tiempo de cambio y preserve en cada una de nosotras la verdadera fe en el Evangelio, a fin de que podamos dar testimonio de la grandeza de la humanidad, en la que Dios ha establecido su morada» (León XIV, Magnificat Humanitas, 245).
En esta festividad, unámonos a María, la solista del Magnificat, y cantemos con alegría.