Hna. Maureen Kelleher: Su Espíritu Me Mantiene Viva

En 2016, la Hermana Maureen Kelleher recibió un premio otorgado por la Legal Aid Society al ser una de las cinco mujeres “Hacedoras: Mujeres que han construido el suroeste de Florida.”  El premio se le dio al reconocerle como una mejor apasionada por mejorar la vida de la gente y la vitalidad del planeta. El congresista Mario Diaz-Balart (a la derecha con la Hermana Maureen) puso su nombre en el Registro del Congreso por sus años de servicio en ayuda a tantas personas afectadas por la inmigración en el suroeste de Florida.

La Hermana Maureen cuenta su camino como abogado y su pasión por la gente a la que sirve.

Al dar clases de religión en la escuela superior en los años ’60, donde estudiábamos la figura de gente como Cesar Chávez y la lucha de los campesinos en Estados Unidos, pregunté a mi comunidad religiosa si yo podía trabajar en Washington D.C., en un grupo de presión de religiosas que acababa de empezar. Nuestro trabajo en NETWORK consistía en encontrarnos con los miembros del Congreso a quienes pedíamos que apoyaran las leyes en favor de los trabajadores y exhortándolos a gastar más dinero para paliar las necesidades humanas.  A finales de los años 70, al haber constatado el poder de las leyes, pedí estudiar derecho. Mientras estaba estudiando en la Catholic University Law School, me centré en las luchas en América Central. El entusiasmo de la Iglesia latinoamericana y su opción por los pobres me impulsaron a centrarme en los inmigrantes latinos en nuestra tierra. Sabía también que quería practicar el derecho en favor de los obreros y campesinos, muchos de ellos inmigrantes latinos y haitianos recién llegados.

Estoy trabajando en un grupo jurídico sin fines de lucro y ayudo a obreros y campesinos en Immokalee, una zona rural en el sur de Florida conocida por su producción de tomates y huerta de invierno.  Llevo allí 32 años trabajando principalmente con trabajadores/as mexicanos/as, haitianos/as y guatemaltecos/as. Lo que más me preocupa en la ley de inmigración es unificar a las familias y prevenir la deportación de sus miembros. Ayudo a las víctimas del crimen – que han sufrido un daño considerable – a la obtención de documentos legales, para poder trabajar y finalmente convertirse en residentes legales permanentes, si cooperan con las autoridades en la investigación y procesamiento del criminal.

En estos años muchas de las personas que han acudido a mi despacho han huido de sus países y han buscado asilo político por miedo a posibles persecuciones en razón de su religión, raza, opinión política o por pertenecer a un grupo social particular. Muchas de las personas a las que ayudo son jóvenes que han huido de El Salvador, Guatemala, y Honduras por miedo a las pandillas y por haber sido amenazados. Una persona de El Salvador me dijo que le habían amenazado de muerte si no se iba a unir a la pandilla de su zona, y que una pandilla rival le sacó de la escuela. Su padre le obligó a que declarara a la policía lo que estaba ocurriendo y el hecho de haber informado a la policía le convierte en blanco de muerte. Asesinaron a unos jóvenes vecinos suyos, y a su primo le decapitaron.

Me ha gustado siempre trabajar con estas personas, que yo creo son seres muy queridos por Dios. Trabajan duro, aprecian la familia, la fe en la que han sido criados es un valor para esta gente. Son materialmente pobres, es cierto, pero en su mayoría son gente que se preocupan por los demás y acogen al migrante que llega de repente. Su gratitud me llena. Su espíritu me empuja.